Se pudiera afirmar que cuando no hay arraigo de posturas pedagógicas estructuradas, que pasan primero por la debida comprensión, y cuando no se vive una cultura del debate que contempla privilegiadamente el estudio y compromiso con la práctica del oficio de enseñar, se es prisionero del día a día, sacrificio de perspectiva, de sentido, que sólo lo otorga o confiere la reflexión entroncada a una fundamentación teórica. Siendo precisamente ésta dimensión, fortalecida por la lectura interesada la que hace posible el ejercicio vigoroso de la reflexión que se torna propositiva, innovadora, transformacional en el terreno de la práctica.
Si tal padecimiento se ha incubado en los riscos de la instancia direccional, y para mayor gravedad, el trabajo colaborativo se ha extraviado no registrándose memoria del tránsito institucional, entonces lo que se ha entronizado es un desposarse con el ir y venir azaroso, sin timón; Y así, para qué viento?
Bueno, en tales circunstancias no es de extrañar que lo que corresponde o pertenece al orden de la pedagogía y ha de ser abordado de modo sistemático en el curso del proceso educacional con visión preventiva, es sustituido a última hora por ocurrencias espontáneas ante lo urgente. Entonces cunden las ideas “generosas”; a posteriori y al exterior del proceso en que se cocinaron los resultados no deseados (¿?), es decir, ideas artificiales, simples ocurrencias.
Es cuando a finales de cada año, se plantean las “operaciones de salvamento” para los estudiantes reprobados, cuyo número desborda todo cálculo. Y aparecen los colegas de buena voluntad (¡!) que hacen lobbing para AYUDAR a los desafortunados y así reducir, a los ojos de la sociedad, los numeritos de la repitencia; lo que no deja de ser fuente de conflictos entre colegas y entre éstos y directivos.
Mas, el asunto en cuestión no se resuelve. Simplemente re-aparece a finales del otro año.
Esto demuestra que los problemas de orden pedagógico se resuelven pedagógicamente, con estrategias y políticas de índole pedagógica. Dicho de otra manera: Es afrontando la gestión de aula, tomando por los cuernos la clase, transformando sus relaciones y lo que se hace en ella, como se afronta dicha cuestión, que ha de focalizar el cómo trabajarla, cómo encarar el saber que es objeto de aprendizaje por los estudiantes. Fin último de la enseñanza. Y en ese contexto, con coherencia y cohesión, incorporar la evaluación y con ella, propiciar promoción. Promoción humana; de conjunto, integral. Y ésta no ocurre ni debe ocurrir como una operación o resolución consumada en un acto aséptico, un día de un final de año, desligado de lo que fue el proceso complejo de todo un año de eventos y trajín diverso. La pedagogía, y con ella la práctica de la evaluación: pre-ve, potencia en el otro. Es justicia. Valoración. No es superfluo entonces, recordar que no es ninguna evaluación: los actos aislados dados en determinado momentos (sin conexión) para comprobar memoria sobre un contenido dado. Y no es ninguna evaluación si con esa misma impronta se asignan “trabajos” sin ninguna asesoría autentica y, sin explicitar hasta el convencimiento o comprensión por el estudiante, las condiciones, competencias, procesos y productos que debe contener dicho trabajo o experiencia de saber. Peor si los tales trabajos son simples formalismos o “inventos” sin sustancia ni contextos. Y a propósito de competencias, ¿sí estamos evaluando aquellos fenómenos o realidades que en el sujeto aprendiente se designan con esa categoría?
El escenario expedito para realizar la evaluación son las situaciones o actividades planeadas e interconectadas, a través de las cuales, y atendiendo a condiciones explicitas y claras para todos, para posibilitar que emerjan las habilidades, múltiples recursos y operaciones mentales, con los cuales el estudiante muestra sus dominios sobre un saber y lo que hace con él.
Así la clase y las actividades de ésta, planificadas por el profesor deben integrarse metodológicamente y ser plataformas de evaluación continua. Lograr esto, ya sería un avance descomunal.
El atractivo de la clase, derivado de las expectativas que despierta el docente con su arte de enseñar e interactuar con sus pupilos, más las actividades (para hacer en la clase por los alumnos) y los afectos y curiosidad por saber (que se logra despertar), constituyen activos invaluables sobre los cuales se torna harto rentable la evaluación del aprendizaje y la promoción humana. La continuidad de la clase signada por la presencia puntual y diaria del docente, amén de su entusiasmo contagioso y su estar presto para…, son complementos esenciales para un clima de la clase ideal para el aprendizaje con óptimos resultados.
Por el contrario, los detonantes que pueden contaminar la clase a la manera de pequeñeces (tóxicos varios) agenciadas por el docente mismo, pueden ser devastadores. Afectando la evaluación y el aprendizaje de importantes segmentos de la población estudiantil que desafortunadamente terminan desarrollando resistencia a su propio progreso. Burlar el tiempo de los estudiantes, jugarle sucio al deber y a la idoneidad, y sacarle punta a la intriga con los educandos, son formas perniciosas de contaminación del ambiente de la clase, con sus consecuencias nefastas para otros ámbitos sociales.
La evaluación pedagógica del aprendizaje no puede degenerar en la improvisación de hechos en la forma de simple recogida de notas en atención a la presión de fechas ya establecidas por periodos.
Si el asunto en cuestión no es asumido en toda su complejidad, con prestancia, decisión y responsabilidad, sépase con antelación que el mal tenderá inevitablemente a su agravamiento. Al modo del paciente con variante de enfermedad terminal que opta por engañarse ignorándose y mirando para otra parte!
Con la tremenda diferencia que la víctima es la sociedad a la que ha de servir la educación, encarnada en un sector de la juventud.
Ramiro del Cristo Medina Pérez
Santiago de Tolú, última semana de enero - 2016